EL REINO Y LA CONVERSIÓN

Nota

Antecedente del viaje

Viene alterado. Siéntese. De seguro trae la presión alta. Permítame poner música de Mozart. Recuéstese. Respire profundo. Ayúdeme, por favor, llevo tres días sin dormir. Parezco un reloj sin tiempo. La vida me sabe a nada. Por dentro y por fuera se me apagó el ánimo. Todo el día me acosa el tema del coronavirus. Relájese. Ante esta situación, le comparto, no son pocos los que andan angustiados. Ponga su mente en blanco. Desahóguese. Compártame esa historia recurrente que aborda en retazos en todas las sesiones. Déjese llevar. Empiece. La memoria le ayudará a recuperar los recuerdos aunque se vaya por diferentes rumbos.

Las reuniones las teníamos en diciembre, la semana siguiente a la Navidad en la oficina de El Cheque. Encuentros vivos, amistosos, existenciales. La emoción y el calor humano se incrementaban al ver los rostros y disfrutar los saludos y abrazos. No faltaban los gritos de euforia con las identificaciones respectivas; en el seminario vivimos y salimos con un segundo nombre (apócope, apodo), sustituido de por vida, al recibido en la pila del bautismo.

En las entrañables algarabías abundaban las experiencias de trabajo, los esfuerzos y descalabros de vida, así como la devoción al conocimiento. El Unga no se cansaba de encumbrarnos con la doctrina de los filósofos griegos y de los Santos Padres y nos compartía su último golpe y prueba de fe.

El toque formal imprescindible: las nostalgias del seminario. Siempre presentes las anécdotas de los curas genios, de los sacerdotes líderes, humanos y de aguda broma, en fin, ejemplos, la mayoría.

Cada quien por su lado mantenía contacto con compas afines. El tiempo se nos vino encima. Las reuniones se fueron haciendo más esporádicas. Con nostalgia me reclamé. Por diferentes rendijas pretendí introducir en las convivencias, las preguntas consideradas preocupantes cuando decides abandonar el seminario. Las condiciones no se dieron por razones insólitas. La desazón primera: ¿voy a revalidar materias, continuaré estudiando?; en la vida diaria: ¿cómo voy a ganarme el pan de cada día y a qué precio?

Otra, para quebrar la cabeza y quitar el sueño: ¿qué voy a hacer con la Sexualidad-Mujer? Después de tres, seis y hasta más de 10 años de célibes (precepto de castidad) de pronto te veías lanzado “al mundo”, realidad saturada de erotismo que te abría los ojos y te revivía el instinto. De la sola Virgen María de golpe te encontrabas nadando en aguas dulces de mujeres de carne y hueso, misterio a descifrar. La sexualidad nos mostraba interesantes y complejas opciones. ¿Intuíamos que la mujer marcaría nuestro destino?

Un cuestionamiento de fondo: ¿qué voy a hacer con mi fe, con mi Dios y con mi espiritualidad? Al abandonar la sotana me desprendería de manera radical de la formación que me dio el seminario, aunque más de tres situaciones o personas me recordaran con frecuencia que la sotana me había marcado de por vida, sobre todo, la cónyuge. ¿Descubriría de manera evangélica y teológica mi dignidad de laico?

La última: ¿A dónde va a parar la institución eclesiástica? ¿Cómo va a ser mi relación con los curas?, ¿me distanciaría de las prácticas religiosas?, ¿aceptaría a ciegas la doctrina Vaticana?, ¿me identificaría como conservador o progresista?, ¿Trento o Vaticano II? Por más que me sacudiera el polvo, el seminario me había despertado la conciencia.

Entre que si son naranjas o mandarinas considero, que para algunos exs, las cuatro interrogantes encarnadas por los años de vocación religiosa se prestan para arriesgarse a un viaje de memoria, no dije de simples recuerdos. Las pongo en un costal, las echo a cuestas y emprendo mi Camino de Santiago al introducirme, como un apasionado, en la novela del francés Emmanuel Carrère El Reino, premio Le Monde.

Al camino, con bastón y alforja al hombro

Cuando la novela El Reino cayó en mis manos me atrapó y no me dejó en paz; la fui leyendo y estudiando, con plumón en mano, seleccionando párrafos luz. Dejé descansar la obra; las ideas revoloteaban en mi cabeza. Después de largo trecho volví al texto y remarqué lo subrayado. Acumulé notas. Profundicé una y dos veces el prólogo y el epílogo. Pasó el tiempo. Dejar en reposo la obra de Emmanuel Carrère, resultó un decir; por días y meses me persiguió como sombra. Ya no pude y me di por vencido. Reacomodé párrafos subrayados, suprimí paja. Le di la depuración final, estructuré la obra de acuerdo a mis necesidades para emprender el Camino de Santiago. De tanto volver a repasar las hojas descuaderné la novela y quedó como baraja.

La vida se impuso y volví a El Reino, precisamente al final de año cuando se me atravesaron dos piedras en el camino, con la pretensión de aplastar y asfixiar mi proyecto de vida. Por momentos pensé que el cielo se me venía encima. El John Deere fue testigo del desastre. Tal vez una experiencia similar la padeció El Inge cuando se violentó el coágulo perverso en la pierna.

Los comentarios de la contraportada, de celebridades de las letras no mienten. El libro desafía todos los géneros: narración, ensayo, historia, introspección, reportaje documentado y hasta indagación de detective, con pasajes de autobiografía. Para que no me descalifiquen los puntillosos académicos, al final del párrafo pongo el número de la página de El Reino, editorial Anagrama, 2015.

Cuenta el novelista. No sólo no era creyente, sino que la mayor parte de mi vida se desarrolló en un medio en que no serlo se daba por sentado. Más adelante no he abordado nunca este tema de la religión con ningún amigo, con ninguna de las mujeres que he amado, con ninguna de mis relaciones, ni siquiera las lejanas. 43

En pocas palabras, en otoño de 1990 fui “tocado por la gracia”. 17

“Ahora intenta leer”, me dijo mi madrina Jacqueline. Al decirlo me ofreció el Nuevo Testamento de la Biblia de Jerusalén, la que tengo siempre encima de mi escritorio y que abro veinte veces al día desde que comencé este libro. “Intenta también no ser demasiado inteligente”, añadió Jacqueline. 37

Desde Levron envío carta a Jcqueline: “Las palabras del Evangelio han cobrado vida para mí. Ahora sé dónde están la Verdad y la Vida”. “Ahora es Cristo el que me conduce. Soy muy torpe para cargar con su cruz, ¡pero solo de pensarlo me siento ligero!”. 45

Thérese de Lisieux, “la vocecita”, la obediencia y humildad más puras, es según Jacueline la receta ideal para bajarle los humos a un intelectual propenso a juzgarlo todo desde arriba. 57

Jacqueline me ha asegurado que al participar en el misterio eucarístico se entra en la intimidad del Señor infinitamente más rápido y profundamente. 59

He encontrado a Cristo. 60 “Te he visto cuando estabas debajo de la higuera”… Cristo me ha visto debajo de la higuera. Sabe de mí más que yo, mucho más de lo que nunca podrá descubrir el psicoanálisis. 61

Mis cuadernos de 1991 giran principalmente en torno a la eucaristía, para la que me preparo fervientemente. 83 Lo más extraño es que la hostia no es nada más que pan. Sería tranquilizador que fuese un hongo alucinógeno o un secante impregnado de LSD, pero no es solamente pan. Al mismo tiempo es Cristo. 84

El sacramento de la eucaristía es el agente de esta mutación. 86 Blaise Pascal, irritado: “¡Cómo odio a esos estúpidos que se crean problemas para creer en la eucaristía! Si Jesucristo es de verdad el hijo de Dios, ¿dónde está la dificultad?”. 87 Simone Weil sentía un deseo violento de la eucaristía. 87

La Verdad con mayúscula se encarnó en Galilea hace dos mil años. 88 Un ateo cree que Dios no existe. Un creyente sabe que Dios existe. El Primero tiene una opinión, el segundo un conocimiento. 88

Quiero leer bien el Evangelio, no incurrir en ese tipo de beatería. De todas formas hay que poner un límite, porque si no, una cosa lleva a la otra y acabas hurgando en las librerías esotéricas en busca de libros sobre Nostradamus y el misterio de los Templarios. 91

Para entrar en lo que Jacqueline llama la vida sacramental debo hacer una confesión general, y previamente un profundo examen de conciencia. 92

El Reino es como un grano de mostaza que crece en la oscuridad de la tierra, en silencio, sin que lo sepamos. Lo que importa es que desde entonces forma parte de mi vida. Durante más de un año comulgaré todos los días. 95 A pesar de la eucaristía, a pesar de la alegría que se supone que me proporciona, sufro en el diván de la psicoanalista. 96

Puedo decir que me convertí porque estaba desesperado, pero también puedo decir que Dios me ha concedido la gracia de la desesperación para convertirme. Es lo que quiero pensar con todas mis fuerzas: que la ilusión no es la fe, como cree Freud, sino lo que hace dudar de ella, como saben los místicos. 99

Pero después de mi conversión escribí lo siguiente: “Salta a la vista que Cristo es la verdad y la vida; a veces es necesario que te hieran los ojos para ver. Sólo que a mucha gente no le ocurre. Tienen ojos y no ven”. 103

Simone Weil dice: “Si nos apartamos de Cristo para buscar la verdad, no se recorrerá un largo trecho sin volver a caer en sus brazos”. 107 Tendré el derecho a decir, como Dostoievski: “Si me demuestran matemáticamente que Cristo se equivoca, me quedo a su lado”. 108

Los que creen lo que ven han perdido, y los que no ven lo que creen han ganado. Si desprecian el testimonio de los sentidos, si se liberan de las exigencias de la razón, si están dispuestos a que los tomen por locos han superado la prueba. Son los auténticos creyentes, los elegidos: es suyo el Reino de los cielos. 197

“Si eres cristiano crees que Jesús resucitó, en eso consiste ser cristiano”. 289 Pero que alguien lo crea, y haberlo creído yo mismo, me intriga, me fascina, me perturba, me trastorna: no sé qué verbo es el más adecuado. 290

Mientras me entregaba a esta lectura de avispado, algo dentro de mí conservaba la conciencia de que no hay mejor manera de no ver el Evangelio, y de que una de las evidencias más constantes y claras de Jesús es que el Reino está cerrado a los ricos y a los intelectuales. 333

Es de él (Juan), por último, la palabra misteriosa que decidió mi conversión en Le Levron, hace veinticinco años. “En verdad, en verdad te digo: cuando era joven tú mismo te ceñías la cintura e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te la ceñirá y te llevará a donde tú no quieras”. 501

Agotador camino de Santiago

Yo no conseguía escribir desde hacía tres años, y escribir era para mí mi única razón de ser en el mundo. 31

Me enorgullece en cierto modo ganarme la vida y la de mi familia no dependiendo de nadie y siendo el único dueño de mi tiempo. Aunque espero ser un artista, me gusta verme como un artesano clavado a su banco que entrega lo que te encargan puntualmente y da satisfacción a sus clientes. 53

Desde aquel fin de semana de Pascua considero que mi fe corre un gran riesgo: digo entonces “riesgo” de buena gana, en vez de “peligro”, “testarudo” en lugar de “obstinado”: esta fe no carece de pompa ni de afectación de gran estilo… 103

La sequedad del alma es un signo de progreso. 105 Estoy de nuevo ocioso y decaído. Trato de volver al Evangelio, a la oración. Trato de comparecer, al menos durante unos instantes cada día, ante lo que ahora me repugna, llamar Dios, o incluso Cristo. 114

He llegado a ser lo que tanto me asustaba ser. Un escéptico. Un agnóstico: ni siquiera lo bastante creyente para ser ateo. El camino que recorrí en otro tiempo como creyente, ¿voy a recorrerlo hoy como novelista? ¿Cómo historiador? Como investigador, digamos. 119

De regreso a casa, antes de guardar en su caja de cartón los cuadernos que contienen mis comentarios sobre Juan, los hojeo por última vez. Voy al final. El 28 de noviembre de 1992, copié las últimas frases del Evangelio: “Es el discípulo (al que Jesús amaba) el que da testimonio de estos hechos y los ha escrito”. 515

Después de esta frase anoté: “Jesús hizo todavía muchas otras cosas: las que hace todos los días en nuestra vida, la mayoría de las veces sin que lo sepamos. Testificar algunas de ellas, escribir a mi vez un testimonio verídico: creo que aquí está mi vocación. Permite, Señor, que le sea fiel, a pesar de las asechanzas, de los pasajes vacíos, de los alejamientos inevitables. Es lo que te pido al final de estos dieciocho cuadernos: la fidelidad”. 516

He escrito de buena fe este libro que acabo aquí, pero aquello a lo que intenta acercarse es tanto más grande que yo, que sea buena fe, lo sé, es irrisoria. Lo he escrito entorpecido por lo que soy: un hombre inteligente, rico, de posición: otros tantos impedimentos para entrar en el Reino. Con todo, lo he intentado. Y lo que me pregunto en el momento de abandonar este libro es si traiciona al joven que fui, y al Señor en quien creí, o si, a su manera les ha sido fiel. No lo sé. 516

Al dar vuelta a la última página de El Reino termino extenuado por el recorrido agotador del Camino de Santiago, o tal vez como un viaje espiritual a la Basílica de Guadalupe, o peregrinación de penitencia al Tizonazo, o caminata de expiación de 14 kilómetros de la Puerta de Chihuahua al templo de San Juditas, patrón de imposibles. Purificación. Epifanía. Resurrección.

Jesús se vale de lo inesperado para hacer presente El Reino y sacudir o llamar a las almas. La vivencia de El Reino llegó con signos de los tiempos: fallecía Benja, un loco que tomó en serio El Evangelio; Víctor recibió el toque de gracia al escuchar en la voz de su hermano médico el pasaje de Lucas 10, 20, y se nos fue cuando más lo queríamos; Paquita advirtió el relámpago del cáncer invasivo y la pandemia del Covid-19, de manera intempestiva, apagó los sueños inquietos de Pablo.

Por cierto, la novela El Reino me la regaló mi amigo ateo Jaime García Chávez.

Sabe, me quité un peso de encima. Me voy tranquilo.